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Editorial

La frontera exige firmeza; el país, cabeza fría

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Vista aérea de un tramo de verja fronteriza y su camino de patrullaje
Verja fronteriza dominicana. Archivo, septiembre de 2026.

La crisis haitiana exige vigilancia, cooperación y decisiones proporcionadas. Proteger la soberanía dominicana también implica informar con responsabilidad y cuidar a las comunidades que viven y trabajan en la frontera.

La desaparición de integrantes del contingente salvadoreño desplegado en Haití ha vuelto a colocar la crisis de nuestro vecino en el centro de la preocupación regional. Las informaciones todavía incompletas sobre lo ocurrido obligan a actuar con cautela. Para República Dominicana, que comparte una isla y una extensa frontera con Haití, el asunto exige atención permanente. También plantea una pregunta esencial: ¿cómo proteger al país sin permitir que la incertidumbre termine gobernando nuestras decisiones?

El 24 de octubre, el presidente Luis Abinader informó del reforzamiento de la vigilancia fronteriza y de conversaciones con su homólogo salvadoreño para coordinar colaboración logística y de inteligencia. El mandatario precisó, además, que las bandas no se habían acercado a la frontera dominicana. Dos días antes, el Ministerio de Defensa había descartado un cierre y señalado que las actividades comerciales y cotidianas continuarían normalmente. Ambos elementos deben formar parte de la discusión.

Diario La Vía respalda la preparación preventiva del Estado para proteger el territorio y a sus habitantes. Esperar a que una amenaza se materialice sería una irresponsabilidad. Las Fuerzas Armadas necesitan recursos, coordinación e información suficiente para anticiparse. Esa preparación debe estar acompañada de decisiones serenas, ajustadas a los riesgos comprobados y sujetas a una evaluación constante de sus consecuencias.

Oficial dominicano señala un mapa de la zona fronteriza durante una evaluación de seguridad
Evaluación de la situación fronteriza en el Ministerio de Defensa, el 22 de octubre de 2026.

La preocupación por los salvadoreños desaparecidos merece respeto, especialmente por sus familias. Mientras no haya confirmación oficial concluyente sobre su destino, las versiones deben tratarse como tales. Tampoco corresponde describir esta crisis como una confrontación entre los Estados de El Salvador y Haití. Confundir a las bandas con todo un país distorsiona el problema y dificulta una respuesta responsable.

Una obligación inmediata de las autoridades es ofrecer información confiable. Proponemos actualizaciones oficiales regulares que expliquen qué cambia para las comunidades fronterizas, cuáles medidas siguen vigentes y qué deben hacer las personas ante una emergencia. Nadie pide revelar posiciones militares ni planes operativos. Las familias necesitan organizar su vida con información verificable, sin depender de rumores, imágenes sin contexto o mensajes anónimos.

La frontera también es un espacio de trabajo. Allí viven familias, funcionan negocios y se desarrolla un intercambio del que dependen ingresos cotidianos. Su seguridad merece la misma atención que el control territorial. Si las condiciones permiten mantener esas actividades, deben preservarse con la vigilancia necesaria. Si fuera indispensable restringirlas, las autoridades tendrían que explicar el alcance de la medida, revisar su necesidad y atender sus efectos sobre la población.

Por eso, la preparación debe incluir a los ayuntamientos, los servicios de salud y los organismos de emergencia, junto con las instituciones de seguridad. Las comunidades necesitan saber a quién acudir y cómo recibir orientación confiable. La prevención pierde eficacia cuando se queda en reuniones de alto nivel y no llega, de manera comprensible, a quienes podrían necesitarla primero.

Personas con carretillas de mercancías y militares junto al mercado fronterizo de Dajabón
Mercado fronterizo de Dajabón. Archivo, julio de 2026.

La cooperación con El Salvador y con los esfuerzos internacionales frente a las bandas puede ser útil. Debe desarrollarse con objetivos claros, responsabilidades definidas y una evaluación cuidadosa de lo que corresponde asumir a República Dominicana. El respaldo a la recuperación de la seguridad en Haití no puede convertirse en un compromiso abierto cuyas consecuencias desconozca nuestra sociedad. La solidaridad regional requiere organización y prudencia.

También debemos rechazar que el temor sirva para señalar indiscriminadamente a personas haitianas por su nacionalidad. La actuación contra organizaciones criminales y la aplicación de las normas migratorias tienen que distinguir responsabilidades. Proteger a la población civil y preservar la soberanía son compromisos que pueden y deben sostenerse juntos.

Hay quienes podrían considerar que pedir moderación debilita la respuesta ante grupos violentos. Entendemos esa inquietud. Precisamente por la gravedad del problema, las decisiones deben apoyarse en información comprobada y capacidad real de actuación. Una advertencia pública puede tener su lugar; su valor depende del trabajo institucional que la respalda.

Nuestra posición es clara: vigilancia firme, cooperación responsable e información transparente para la ciudadanía. República Dominicana debe prepararse para escenarios difíciles y exigir atención internacional sostenida a la crisis haitiana. Al mismo tiempo, tiene que proteger la tranquilidad, el sustento y la dignidad de quienes habitan este lado de la frontera. La fortaleza del Estado se demuestra cuando consigue cuidar al país sin perder la cabeza fría.

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